francés español

Capítulo 1

El dragón, el león y la tortuga

Hace tiempo, cuando el dragón de oriente, el león de occidente y la tortuga del nuevo mundo se reunieron en el cosmos, se escuchó el llanto de un niño de cabello abundante y cuerpo regordete.


Así es, ese llanto era el mío.


Nací en la Ciudad de México, cerca de una plaza que conjunta ruinas aztecas, una catedral colonial y edificios del México moderno, convirtiéndome a la postre en el hijo mayor de la familia (el hot cake que sale mal según mi interlocutor fraternal).


Mi infancia fue bonita; aún recuerdo a mi abuela preparando la masa de los tamales, los fuegos artificiales en fechas patrias o mi primer partido de futbol (el cual ganamos, por supuesto).


En aquella época, mi vida giraba en torno a la escuela y al deporte; sólo me preocupaba por entregar tareas y defender la portería sin llegar nunca a imaginar que caería víctima de la musa […]


Capítulo 2

Juegos de Euterpe

Es de noche, no hay nadie en casa y la única luz que ilumina la habitación es la de la luna a través de la ventana.


Te has recostado en el sillón, boca arriba, observando el techo cuando, de repente, escuchas un sonido. No viene de afuera, y no viene solo. Caes en la cuenta de que es una sucesión de notas y ritmos. Su armonía y cadencia te relajan, te invitan a cerrar los ojos y por un momento te abstraes del mundo que te rodea, pues no hay más luna, no hay más ventana, no hay más habitación.


Te sientes en paz y en calma.


Bueno, eso fue exactamente lo que me pasó con la música de piano.


A mi mamá le encantaba poner música de Richard Clayderman, apagar todas las luces de la casa y, cada uno recostado en un sillón, escuchar las canciones que se reproducían de aquellos casetes de los 80's.


Euterpe estaba contenta (supongo) y para seguir con la inercia "me presentó" lo que sería mi otro gran interés.


Y es curioso porque escuchábamos bastante música en inglés, y precisamente en uno de los tantos casetes que teníamos en dicho idioma, había una canción que me gustaba más que las demás, et j´ai crié ! crié ! Aline ! Pour qu’elle revienne !


Y así, junto con Les rois du monde, descubrí mi gusto por la langue de Molière, (aunque en ese tiempo no sabía que se trataba del idioma francés).


Hoy en día, esos "juegos de Euterpe" siguen haciendo mella en mí, pues la música de piano y el idioma francés me acompañan en mi día a día, incluso desde antes de aquel encuentro que le daría a mi vida un cambio rotundo de dirección [...]


Capítulo 3

El brazo biónico

―Buen día, joven. ―Me detuvo en la entrada el guardia de seguridad de mi universidad―. Disculpe que le pregunte, pero ¿conoce a… ―y, dirigiéndose a la señora que estaba a su lado, reformuló la pregunta―. Me permite la hoja, por favor?


La mujer, ya de edad avanzada, extendió la mano y me mostraron lo que en realidad era un recorte de periódico.


―Ok, sí, ya sé quién es. No lo conozco en persona, pero no creo que lo encuentre aquí. ―Y, al ver a la señora, agregué―: Pero tal vez en la Dirección puedan darle más información, si quiere la acompaño. ―A lo que accedió.


Creí que sería un día como cualquier otro en la universidad, mas aquel momento lo cambió todo.


La señora me contaba que su esposo era camionero y que recientemente había sufrido un accidente de carretera en donde había perdido un brazo. Fueron al hospital y, al no poder hacer mucho, el doctor decidió amputárselo.


Siendo el trabajo del señor su única fuente de ingresos, ella buscaba la forma de poder recuperarle el brazo, cuando vio en el periódico la noticia que me habían mostrado.


Efectivamente, la nota hablaba de un exalumno que creó un brazo biónico como proyecto de tesis. Al egresar, decidió continuar con las mejoras de su prototipo y crear su propia empresa.


Así fue como la señora se presentó en las instalaciones de mi universidad.


La llevé a la Dirección y me dio las gracias.


Aquella plática me hizo reflexionar en dos cosas: por un lado, en que hay personas que depositan su confianza y esperanzas en las generaciones de estudiantes y, por el otro, en hacia dónde abocar mi vida una vez que terminara mis estudios universitarios… y tuvieron que pasar unos años más para encontrar la respuesta.


Pero el día llegó, y había tomado una decisión que cambiaría el rumbo de mi vida.


Porque se empalmaron tres elementos cruciales: mi carrera en mecatrónica, mi gusto por el idioma francés y mi miedo a volar, siendo este último el que completó la ecuación al recordar el temor y la preocupación de aquella señora en la entrada de mi universidad y cuyo esposo había perdido el brazo.


Estaba decidido, estaba motivado, por fin sabía qué hacer de mi vida: ¡me iría a Francia a estudiar una maestría en aeronáutica!


Ya con las piezas ensambladas, creí que todo marcharía sobre ruedas, pero no podía estar más equivocado [...]


Capítulo 4

La caja de cartón

Próximamente...

subir